Romance en el Índico
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Volví a dar un sorbo a mi taza de té mientras tarareaba esa canción que no podía quitarme de la cabeza. El horizonte, verde e infinito, de las plantaciones de caña de azúcar atrapaba todos mis pensamientos. Adoraba el aroma y el sabor de la vainilla, por eso cada tarde me sentaba en el porche a saborear un té como había visto hacer a mi madre años atrás.
Estaba de nuevo allí, en esa casa rosada de fachada colonial y balcones de hierro forjado, con la sensación de que nada había cambiado desde entonces: la misma taza de porcelana, la misma cubertería de plata... Ni siquiera yo he cambiado. En parte, sigo siendo aquella niña que se sentaba junto al abuelo y escuchaba, por activa y por pasiva, las teorías de la desaparición del dodo o la trágica historia de Paul y Virgine, los dos enamorados que vivieron su apasionado y desgraciado amor en la bahía de Saint Géran (donde hoy se encuentra el hotel One and Only Saint Géran).
Aquellos dos personajes cuyas esculturas había visto tantas veces en la Plaza de Armas de Port Louis. Siempre fui la niña de sus ojos. Con él había jugado en ese gigantesco salón de muebles coloniales mientras mi padre, metódico y perfeccionista, construía maquetas de los antiguos barcos de la Compañía de Indias como las que vendían en las tiendas de la calle Elizabeth, en Curepipe. Él me descubrió el Jardín Botánico de Pamplemousses, con sus lirios acuáticos gigantes, las palmeras o el misterioso árbol de la cruz, con hojas en forma de crucifijo. Más de una vez me arrastró a visitar el Museo Postal, para que valorase la colección que algún día heredaría. Allí me explicó que Mauricio fue uno de los pioneros en la emisión de sellos (junto con Inglaterra, Brasil y Suiza) y cómo, durante años, él mismo había revuelto Roma con Santiago para intentar hacerse con uno de los cuatro Blue Mauritius, acuñados en 1848 con la efigie de la reina Victoria sobre fondo azul marino y un error de impresión. Un auténtico tesoro para coleccionistas de todo el mundo.
Fueron unos años inolvidables, la isla vivía con exaltación sus primeras décadas de independencia, sus primeros pasos sola tras el dominio de distintas culturas que, durante más o menos tiempo, la poblaron o la usaron como enclave estratégico: desde los árabes hasta los ingleses, pasando por los portugueses, holandeses y franceses. Una interesante mezcla que aún está presente en Mauricio, donde un 52 por ciento de población hindú convive con otras minorías: criolla, musulmana, china y europea, representadas todas en su bandera de cuatro colores. Todos habían dejado algo de sí mismos y, en cierto modo, ella también había heredado una parte. Mientras que mis abuelos y mi madre me habían educado en sus raíces británicas, Margarithe, la joven que trabajaba en el servicio doméstico, me acercó a la cultura criolla: una amalgama de diferentes influencias europeas y asiáticas sobre una base africana.
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